La Inversión Extranjera Directa (IED) es una categoría de inversión transfronteriza que implica que un inversor (una empresa o un individuo) residente en una economía establece un interés duradero y un grado significativo de influencia en la gestión de una empresa residente en otra economía. A diferencia de la inversión de cartera (donde se compran acciones o bonos sin intención de control, buscando solo rentabilidad financiera), la IED implica una relación a largo plazo y un interés en el funcionamiento y la gestión de la entidad receptora.
La IED puede adoptar diversas formas:
La IED es fundamental para el crecimiento económico de los países receptores porque aporta capital, tecnología, know-how, empleo y acceso a nuevos mercados. Por ejemplo, si una multinacional decide construir una fábrica de baterías para vehículos eléctricos en España, eso sería IED, trayendo consigo puestos de trabajo, tecnología y fortaleciendo la economía local.